La escritora Piedad Bonnett narró en un libro la experiencia de haber perdido a su hijo Daniel

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Por: Catalina Villa
Editora Gaceta. Martes, marzo 5, 2013

¿Existen palabras para narrar el dolor que conlleva la muerte de un hijo? En un acto de valentía, Piedad Bonnett se atrevió a escribir ‘Lo que no tiene nombre’, libro en el que da cuenta de la enfermedad mental que padeció su hijo y que lo condujo al suicidio a los 28 años.

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Esa noche hubo algo en la voz de su hijo que la estremeció. “Gracias, mamá, por el spa”, le oyó decir a través de Skype. Estaba tan cargada de cariño, esa voz, que casi la hace llorar. Pero ella es madre, claro. Y se mantuvo fuerte. Ya no recuerda que más siguió. Un par de palabras, quizás. ¿Un adiós? Pero esa voz, la voz de su hijo, nunca más la volvió escuchar.

Esta es la historia que una madre nunca quisiera contar. Es la historia, valiente y estremecedora, de una mujer que narra lo que no tiene nombre. Y no tiene nombre porque no se supone que los hijos mueran antes que sus padres; porque no se supone que carguen la fatiga en el alma en el esplendor de sus días; porque no se supone que pierdan la cordura, que se lancen al vacío, que acaben con su vida.

De eso trata ‘Lo que no tiene nombre’, libro de la escritora y poeta Piedad Bonnett que el próximo 8 de marzo estará en las librerías del país. Libro que ella misma describe como “el más delicado de mi vida”. En él narra la historia de su hijo Daniel, un artista plástico que lleva una vida normal, pero que a los 20 años le diagnostican una esquizofrenia, enfermedad mental contra la que él y su familia batallan durante ocho años, y que finalmente termina en su suicidio, en 2011, mientras adelantaba una maestría en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

¿Existen acaso palabras que puedan narrar el dolor infinito, desgarrador, que conlleva la muerte de un hijo? Ella, que es escritora, lo dudó por momentos. Sintió que las palabras no bastaban, que simplemente no alcanzaban. Hoy, sin embargo, casi dos años después de la muerte de Daniel, luego de seis reescrituras y con el libro a punto de ser publicado, conoce más que nunca el poder de la palabra. Y eso la conforta, porque “a la gente no se le ocurre que las palabras puedan dar cuenta de un hecho de esos”.

Pero ahí, en el libro, está la evidencia. Ahí está la madre, la mujer, la escritora “lidiando tercamente con las palabras para tratar de bucear en el fondo de la muerte”.

La decisión

Piedad, ¿cómo toma la decisión de narrar un hecho tan doloroso, tan íntimo?

Cuando mi hija me llamó de Nueva York a decirme que Daniel se había matado, empecé a hacer la maleta y pasó una cosa muy extraña: entró una amiga y me dijo “Llévate esta libreta para que tomes apuntes”. Parecía una cosa tan en contra de la lógica, pero se la recibí. Estando allá tomé muy pocos apuntes, pero me quedé con la idea de que esa libretica era para eso, para escribir la historia de Daniel. De su muerte y de su enfermedad.

Como a los 15 días me fui de viaje para Italia y me llevé esa y otra libreta más grande. Tomé notas todo el viaje. Todo relacionado con Daniel. Fue un viaje muy triste, pero paradójicamente muy sereno. Solo fue dos meses después de esa muerte que arranqué a escribir el libro.

Para mí, además, la escritura ha sido siempre muy liberadora. Y es una necesidad. Así que a medida que escribía esta historia entendía, repasaba y ordenaba los hechos. Y por supuesto volvía y me conectaba con el dolor. Fue un proceso liberador y catártico.

El libro está lleno de confesiones. Habla abiertamente del suicidio, un tema tabú en nuestra sociedad, y el tema de la enfermedad mental a la que tantos le huyen. ¿No sintió que era riesgoso pisar esos terrenos movedizos?

Yo supe desde el principio que ese libro no era para mí, que no era un diario. Sabía que estaba escribiendo para otros. Es posible que no supiera desde un principio si lo iba a publicar o no, porque estaba la familia y tenía que respetarlos a ellos. Me daba mucho miedo, sí, tomar la decisión. Me asustaba la incomprensión del público, la incomprensión del lector. Este es un país muy cruel. Basta ver los comentarios de los lectores que dejan en las páginas web de los periódicos. Ahí se ve cuánta saña hay.

Pero aunque yo sabía que este era el libro más delicado de mi vida, eso nunca me produjo un sentimiento de ‘mejor yo no escribo esto’. No. Lo único era que mis hijas o mi marido hubieran tenido alguna objeción. Pero no fue así.

¿Qué tanto se involucraron ellos en su proceso de escritura?

Muy poco. Ni en el libro ni en la recopilación de las obras de Daniel, que fue lo primero que publiqué para conmemorar el primer año de su muerte. Me ayudaron sí, en la memoria. Recordando fechas, lugares, viajes. Porque una de las cosas que se pone de manifiesto cuando uno hace una recopilación del pasado es lo frágil que es la memoria. Otra cosa que se puso en evidencia, como lo mostró García Márquez en ‘Crónica de una muerte anunciada’, es cómo cada uno tiene la versión de los hechos. Cada uno recuerda las cosas a su manera. Pero llegó un determinado momento en que decidí desentenderme de eso y que el libro fuera MI versión de los hechos. Yo no pretendía objetividad sino en unas cosas básicas; de resto quería contar lo que yo percibía de él.

Decisiones literarias

Usted toma varias decisiones al escribir el libro: hacer prosa y no poesía; escribir en presente y no en pasado; asume un tono austero, contenido... ¿Cómo se fue dando todo eso?

Yo creo que la poesía es la mejor manera de acercarse a la muerte. Ahora estoy escribiendo poesía y he escrito una serie de poemas sobre Daniel muy emotivos, muy fuertes. Pero yo no sé por qué sentía que la prosa era la que tenía la prioridad en ese momento. Creo que tuvo que ver el hecho de que mucha gente ha vivido esta experiencia, la de tener hijos con enfermedades mentales, hijos que se han suicidado, pero que no la han podido contar.

¿Y el tono?

Recordar los hechos es casi volverlos a vivir. Había momentos en que la pura elaboración literaria me producía una terrible efusión dolorosa y hubo momentos en que lloré. Pero nunca quise escribir como quien se desahoga. Puse una palanca, un freno al desbordamiento sentimental. Eso es algo que siempre me ha parecido respetuoso en literatura cuando te tiras encima una cuestión íntima. Entonces, mientras escribía, estaba muy pendiente de la forma que había escogido, mi parte racional estaba muy activada. Solo narré los hechos y eso ya es tan doloroso que no necesita que yo diga qué se siente ni qué estamos sintiendo todos. Fue la determinación literaria que tomé.

El suicidio

Otra característica es que está lleno de citas de autores que han escrito sobre el duelo, sobre el suicidio...

Durante el proceso de escritura leí mucho, desde libros teóricos hasta puros testimonios. Eso me ayudó a saber cómo quería dar un testimonio de manera efectiva. Me interesaba también iluminar el proceso del duelo porque yo nunca había tenido un duelo de verdad, porque tengo a mis papás, tengo a mis hermanos. La gente más querida no se me ha muerto. Pero también porque me parece que es un tema muy importante literariamente hablando.

Así, a medida que iba contando la historia, la atravesaba con testimonios de estos libros que me estaban ayudando. Al final, en una de esas reescrituras, tuve que quitar muchas citas porque estaba quedando muy académico. Tampoco lo podía convertir en un texto frío que no comunicara nada. Al final, la escritura fue un ejercicio de tener dominio sobre la narración, pero de ir aflojando las riendas en la medida de mis propias emociones.

Uno de los autores que atraviesa el libro es el inglés Al Álvarez. ¿Qué tan fundamental fue para usted en su proceso de escritura?

Mucho. Yo había leído su estudio sobre el suicidio y lo había adorado porque detrás no solo hay anécdotas sino toda una concepción de lo que es la muerte, el suicidio, y el arte, pues él trabaja con artistas que se suicidaron, como Sylvia Plath. Habla sobre cómo el suicidio se veía en la antigüedad, en la modernidad y luego contemporáneamente.

El suicidio es una cosa que a los escritores nos tiene que interesar. No solo en una dimensión reflexiva sino, quizás, por una angustia vital. Y a mi me interesó mucho siempre la vida de Sylvia Plath, por ejemplo. Me leí su biografía, sus cartas. Desde niña, me acuerdo, tenía el tema del suicidio en la cabeza. Hay un altísimo porcentaje de gente que tiene al menos una vez en su vida el pensamiento sobre la posibilidad del suicidio.

Usted, en el libro, cuenta cómo el tema sigue siendo un tabú muy arraigado a esta sociedad...

Es asombroso. Hay gente que se refería al hecho como un accidente. Por eso lo digo tan claramente en el libro “Daniel no ha muerto plácidamente en su cama, adormecido por calmantes, como todos soñamos morir, sino que ha saltado desde el techo de un edificio de cinco pisos para ir a estrellarse sobre el asfalto”.

He descubierto, también, cómo a los intelectuales, que tienen una aproximación a todos los temas desde el intelecto, a la hora que les toca la muerte se acobardan de una manera terrible. Tienen una incapacidad enorme para comunicar afecto. Me pasó varias veces que cuando alguien me llamaba o me escribía para algún asunto, y apenas les contestaba que no podía, que mi hijo acababa de morir, se desaparecían. No volvían a escribirme. Como si sintieran terror. Y creo que es porque esta sociedad no le enseña a la gente a ver la muerte como una parte más de la vida. A cambio, la respuesta ante la muerte es sumamente fría.

El tema de los médicos, de cómo nadie les advirtió que un medicamento dermatológico pudo haber disparado la enfermedad mental de su hijo, de cómo los psiquiatras se negaban a hablar con ustedes, los padres, es también un asunto que se toca en el libro...

Durante muchos años tuve mucha rabia con la médica. Pero más que rabia, dolor. Dolor porque no se tomó el trabajo de hacer unas preguntas sobre los antecedentes familiares de depresión, de esquizofrenia en la familia, cuando le iba a recetar un medicamento dermatológica. No lo hizo. Es cierto que ese medicamento no hace eso sino en determinados pacientes, en un porcentaje mínimo, pero los pacientes tendrían que saberlo.

Después he visto tantas cosas en dermatología. Tanta inhumanidad y tanto negocio y el afán de algunos médicos a no renunciar al dinero. Tengo muchas salvedades con los médicos, es cierto. Hubo tantas equivocaciones en su tratamiento. Pero también ahora tengo mucho agradecimiento con el médico que durante mucho tiempo fue la salvación de Daniel.

Las cosas cambiaron en Estados Unidos, mientras hacía su maestría. Allí le dieron una dosis altísima y no se la bajaron nunca. Entonces él, para liberarse del peso de esa droga, se la dejó de tomar.

La madre

Para escribir el libro, usted visitó a varias de las amigas de su hijo, algunas que habían sido sus novias. ¿Fue duro descubrir esas otras facetas de él que usted como madre no había conocido?

Uno como mamá se resigna muy rápido a que no conoce sino unas facetas de los hijos. Basta con mirar la experiencia de uno mismo que sabe que a la mamá no le cuenta sino ciertas cosas.

Yo con Daniel tenía una relación afectiva en los gestos, pero de palabra era puramente intelectual; hablábamos de artistas, de nuestros gustos, de conceptos del arte, éramos muy amigos desde ese punto de vista.

¿Y qué le sorprendió de esas otras facetas que conoció de su hijo?

Me sorprendió mucho cuando alguien me dijo que tenía mucho sentido del humor. Yo sí veía que él gozaba mucho con el humor de los demás, pero no tenía tan claro que tuviera tan buen sentido del humor. Que tenía unos apuntes buenísimos. Oír eso me daba nostalgia. Porque a mi me tocó la parte más dolorosa. Como él siempre trató de llevar una vida normal, una en la que nadie se enterara de que él sufría una enfermedad mental, era en la casa donde él descansaba del mundo. Aquí lo que había era un silencio, un encerramiento, o de pronto aquí también se daban las crisis.

Pero fue lindo descubrir cosas suyas. Que tenía éxito con las mujeres, por ejemplo, o que tuvo momentos de mucha felicidad. Me lo contaron sus exnovias, dos o tres a las que quiso mucho, y también su médico. Si tuviera que definir este proceso diría que fue como armar un tremendo rompecabezas de quién era él. No creas que yo en este momento sé quién fue Daniel, porque un ser humano siempre es una persona llena de oscuridades y de misterios. Pero todavía hoy, cuando alguien me dice que lo conoció, le sigo preguntando cosas, detalles. Porque los dolientes nos aferramos a ellas con la sensación de que nuestros muertos no se han muerto del todo.

¿Cómo siente que cambió su poesía después esta experiencia?

Mi poesía cambió en la última época de él. Se hizo más escéptica, pero también más serena. Si antes era una poesía muy efusiva, de pronto yo tuve un tono que más o menos traducía “no hay nada que hacer con la vida”. Algo así como lo que dice Shakespeare en Rey Lear, somos como moscas en las manos de los dioses.

Después de la muerte, ¿hubo cosas que perdieron sentido?

No. Y esa es una de las cosas que me ha sorprendido. Yo siempre había creído que me moriría cuando se muriera Daniel, y eso no pasó. No sentí que me derrumbara. Primero porque sentí que él descansaba de esa lucha interior. Y segundo, porque esa fue su decisión. Luego, en el proceso de escritura, descubrí una frase muy bonita de un poeta y resume un poco eso “y uno habría pensado, sin embargo, que el corazón moriría por ello. Pero sonreímos el té y el pan sobre la mesa”.