"Ahora mi hijo vivirá en la conciencia de otros" Piedad Bonnett

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Jairo Dueñas Villamil
Jueves 7 de marzo de 2013

Casi dos años después de la muerte de su hijo, comparte su tragedia en un libro muy íntimo, Lo que no tiene nombre, donde revela su amor y su dolor por alguien que, inexorablemente, caminó directo hacia la muerte. Ahora que ya se fue, puede contar su historia como madre y como escritora, sin el temor que Daniel sufra. De él le quedan sus recuerdos, sus fotos y sus pinturas.

Y ahí estaba ella, detrás de sus gafas como alguien distante que espera al final de un corredor oscuro, recibiéndome en su casa. Ya han pasado casi dos años después de su tragedia. A pesar de la violenta explosión que ocurrió en su alma, esta mujer parece de una sola pieza. Sin embargo, ella, la madre y la escritora, sabe que vengo a hablar de sus grietas, de su tristeza, del libro que recién lanza, de lo que ella se atrevió a escribir sobre la enfermedad mental y el suicidio de su querido hijo, Daniel, el menor después de Renata y Camila.

Foto: David Schwardz

Foto: David Schwardz

Ha pasado el tiempo, ya no queda nada del estudio de su hijo en su casa. En la puerta junto a la escalera  queda apenas un espacio desolado con una biblioteca recién instalada. Todos sus bocetos, dibujos y pinturas de su vida de artista continúan en las mismas cajas donde Daniel celosamente los guardaba, pero ahora reposan en el piso de madera de la sala. Los trazos más grandes siguen en sus lienzos recostados en el comedor sobre algunas de sus paredes blancas. Cabezas de perros negros, salvajes y rabiosos. Fragmentos de una vida que a los 28 años decidió saltar al vacío. Nos sentamos con la escritora que le dio voz y mesura al dolor y la congoja de una madre.

¿Qué es Lo que no tiene nombre:  la esquizofrenia, el suicidio?

No. Lo que no tiene nombre es que un joven, mi hijo, en la plenitud de la vida, con el futuro por delante, lleno de sueños y lleno de talento, de pronto tenga una enfermedad mental y nadie pueda hacer nada, y él tenga que acudir al suicidio porque no hay más salida. Eso no tiene nombre.

¿Llegó a entender lo que tenía su hijo?

No totalmente, fui entendiendo, pero creo que eso ya ni siquiera los psiquiatras todavía lo entienden del todo. Era un trastorno esquizoafectivo, una forma de la esquizofrenia. Como no es un desdoblamiento, a mí me gusta definirlo como una enfermedad física, que tiene que ver con los neurotrasmisores y que afecta la percepción del mundo. Es vivir con el alma en vilo por cuenta de un montón de visiones aterradoras.

¿Daniel escuchaba voces?

Foto: David Schwardz

Foto: David Schwardz

Sí, pero Daniel nunca contaba nada de esto, solo una vez me dijo: mamá, es que yo veo pasar personas a mi lado. Esa fue la única confesión que alguna vez me hizo.

Compara usted esas señales del mundo que el poeta traduce, y son su lucidez, con las que percibe el enfermo mental y que son su pesadilla.

Un artista va leyendo el mundo, y traduciéndolo en palabras, y el  enfermo mental lo que siente es que el mundo le habla, pero no de manera reveladora y apacible. Muchas veces me hice esa reflexión: yo, como escritora, busco que el mundo me hable, y Daniel lo que quería es que el mundo no le hablara con ese parloteo terrible.

Hay una parte del libro en la que hace una lista de distintas formas de matarse, y luego desemboca en la caída de su hijo al vacío ¿Esa escena la persigue?

Sí, totalmente. Digamos que es una escena muy triste, pero yo creo que es una forma de morir mejor que otras. Es como si hubiera volado.

¿Cómo ve este mundo después de que su hijo lo ha dejado?

Para mí el mundo sigue siendo una cosa estimulante y bella dentro de la cual hay siempre tristeza. Creo que lo vivo más sabiamente. Entiendo que hay cosas que no tienen otra posibilidad y que las tienes que aceptar. Una enfermedad mental,  un suicidio, la pérdida de un hijo, ¿de qué te vale rebelarte contra eso? Más bien quise convertir ese sentimiento en algo creativo, en algo hermoso, en algo para que los demás reflexionen, quizá les ayude, como una experiencia intensa mediada por las palabras.

Daniel Segura Bonnett. Hombre con mordaza

Daniel Segura Bonnett. Hombre con mordaza

¿En su caso fue primero la maternidad o la literatura?

Desde muy jovencita pensé que mi vida era la literatura. Luego vino la maternidad y supe que maternidad y literatura a veces riñen. Con mi primera hija fue duro, con mi segunda hija ya fui encontrando el equilibrio, y con Daniel, que fue el último, supe conciliar las dos cosas.

¿Cuál era esa riña entre maternidad y escritura?

Ser profesora de tiempo completo en la universidad exige una preparación de clases enorme. Soy y fui muy perfeccionista. Quería ser una profesora excelente. Fuera de eso, escribir era el sueño de toda mi vida y los niños, que fueron llegando, necesitaban mucha dedicación. Traté de hacerlo todo bien, pero puede que no haya salido así. O una cosa o la otra.

¿Ser madre es tiempo perdido para ser escritora?

Mejor no mirarlo así. Cuando nació Renata, mi hija mayor, sentí que no iba a poder ser la escritora que quería por falta de tiempo. Fui criada con la idea de que el deber hay que cumplirlo. Soy de una familia antioqueña más bien puritana, de papá muy rígido y de mamá con ética de trabajo y fe en el estudio. En pocas palabras, con la idea de salir adelante.  Somos de provincia, vinimos a Bogotá a labrarnos una vida con esfuerzo.

¿A qué edad fue mamá?

¿A los 20? Yo pertenezco a esa generación que tuvo hijos muy temprano. Pero nosotros estábamos en esa coyuntura de la liberación, todavía la píldora era una cosa extraña. No estábamos familiarizados con ella cuando teníamos 20 años. Entonces estábamos muy influidos por el hippismo, creíamos en hacer el amor y no la guerra. Muchos poetas de mi generación, como Juan Manuel Roca y William Ospina, tienen hijos que están hoy en los 40 años. Renata nació en el 71, Camila en el 76 y Daniel, que siempre fue el chiquito, en el 83.

¿Cómo fue esa relación con Daniel?

Por ser el menor y por ser el niño, fue una relación entrañable y apacible desde el comienzo. Daniel nació en el agua; no sé por qué mi pediatra me propuso eso, era como una onda que había en ese momento. Fue muy bonito, en la clínica del Country. Fue un momento de mucha plenitud, tenía 32 años. Daniel no lloró como lloran todos los niños. Fue el nacimiento más hermoso de mis tres hijos. El verdaderamente hermoso fue ese. Y yo lo acaricié y eso me marcó… Voy a llorar.

Tiene todo el derecho de llorar.

Casi nunca lloro.

Dibujo: Daniel Segura Bonnett

Dibujo: Daniel Segura Bonnett

Cuando acabé a la madrugada de leer su libro, Lo que no tiene nombre, fui y me quedé viendo a mi hijo durmiendo en su cuarto. Yo no sé si la gente que no es papá lo entienda.

Tiene que ser papá, me he dado cuenta de eso con el duelo. Solo pueden sentir esa cercanía del dolor los que tienen hijos. 

¿Más difícil escribir o concebir una familia?

Mucho más difícil es construir una familia. En la escritura tienes que ahondar en ti mismo y eso puede ser difícil, pero no tanto como tener un diálogo con seres que tienen sueños y lenguajes diferentes. La creación me pertenece. Uno puede dejar de escribir cuando quiera, puede escribir sobre lo que quiera, se puede equivocar y tener una segunda oportunidad. En cambio, cuando se equivoca con un hijo es posible que no haya una segunda oportunidad.

¿Sus hijos en qué la cambiaron?

Me fueron enseñando que uno no se pertenece a uno mismo. Yo creo que me dieron mucha felicidad y preocupación también. Me hicieron pensar todo el tiempo en quién soy yo para ellos. Todavía no acabo de entender.

¿Daniel llegó a tener una idea de qué era usted para él?

Creo que yo era un soporte en silencio, yo era la persona que él sabía que estaba ahí.

¿Igual para sus hijas?

Sí, con cada uno de una manera diferente. Con mis hijas fue una amistad más explícita. Con Daniel fue de una manera más silenciosa, si se quiere más gestual. Nos unían los gestos. Él me pedía conceptos sobre muchas cosas, desde el arte hasta lo que se iba a poner. Vivimos 10 años solos.

¿Y sus dos hijas?

Las dos se fueron muy jóvenes a Estados Unidos. Hicieron sus doctorados allá. Entonces quedamos Rafael, mi marido, Daniel y yo.

Foto:David Schwarz

Foto:David Schwarz

¿Que decía Daniel sobre su oficio de escritora?

El trabajo de la mamá a los hijos los inhibe un poco. Ellos siempre quisieron ser ellos y no los hijos míos. ¿Sí me explico? Daniel, por ejemplo, usaba solo su primer apellido. Ellos no querían que los fueran a valorar porque yo era la profesora de la universidad o la escritora.

¿Qué estudió usted? 

Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes. Muchos años después fui a la Universidad Nacional, a mis cuarenta y pico, a hacer una maestría en Teoría del Arte y la Arquitectura. Siempre me gustó mucho el arte y quería salirme de esa escena tan estrecha de la literatura. Daniel estudió Arte, entonces él me presentaba autores nuevos. El otro contacto grande que teníamos era a través de la música, porque él era un melómano. Oía mucho jazz y de pronto lo veía allá con mi música clásica en su estudio a todo volumen.

¿Cree en Dios?

Yo fui una persona educada de una manera totalmente conservadora, por un padre totalmente conservador en un mundo de creencias religiosas, pero a los 14 años yo ya estaba en un proceso de rebelión contra todo lo establecido. Rápidamente me desprendí de las creencias religiosas, con mucho dolor, porque no es fácil abandonar a Dios. Uno queda en una soledad tremenda y la literatura ha sido mi salvación.

¿En qué cree entonces?

Hay una cosa que uno no puede evitar admirar y son los ciclos de la naturaleza. Verano, invierno, otoño,  primavera, el árbol que florece, todas las mañanas aparece el sol. Eso no me lleva a la idea tradicional de Dios, sino a algo más vinculado a la armonía del universo. No hablo en términos de la nueva era; estoy hablando de una sabiduría y también de una indiferencia y crueldad de la naturaleza, que es una cosa que yo he subrayado en mis libros.

¿A que se refiere con que la naturaleza es cruel?

Es muy cruel. Daniel tiene una enfermedad mental y la culpa de eso yo no se la puedo achacar a nadie. Yo no puedo ponerme brava con un Dios, no tengo a quien dirigir mi frustración. Eso es una cosa que sucede y que no le sucedió solamente a él; cada tanto le está sucediendo a unos seres humanos. Un médico me dijo una frase tremenda: "la naturaleza sacrifica cada tanto unos seres humanos en aras de unas mutaciones".

***

El sol está por caer y en su terraza la espera el autorretrato de su hijo, montado en un caballete, sobre una tela de fondo carmesí. La imagen de  esta portada. Bajamos de su estudio, es la primera vez que los fotógrafos no se esmeran en hacer reír a la mujer que nos comparte su historia y nos pone la cara. Con cada flash ella se aleja y sus ojos entran en comunión con los de su hijo que la miran desde la pintura, a sus espaldas.

***

Entramos a una cosa horrible y es el suicidio de su hijo. Después de todo lo que ha vivido ¿le parece una opción legítima?

Totalmente. Recuerdo que desde que tenía 17 o 18 años supe de suicidas. Los escritores y los pintores se han suicidado en cantidades. Por eso siempre pensé que era una opción completamente legítima. Y no es que yo piense que la gente debería suicidarse porque sí, sino que me produce tremendo respeto la persona que lo hace. Tienen que haber cosas muy hondas para que uno tome esa determinación.

¿Y en esta filosofía personal nunca imaginó que un hijo fuera a hacerlo?

Jamás. Hubo un momento dado en que pensé que Daniel lo podía hacer, y, cuando lo veía sufrir, yo pensaba que si él me pidiera que yo lo ayudara a morir, de pronto le ayudaba. Porque soy una creyente en la eutanasia también. Lo anterior era una idea vaga que pasaba por mi cabeza, pues esas ideas no logran concretarse en una mamá.

Pero pasan.

Él una vez me preguntó, como está escrito en el libro, “Mamá, ¿me ayudarías a llegar al final?”. Y yo pensaba: yo le ayudaría, yo le ayudaría, yo le ayudaría, pero no sabía cómo. Teóricamente lo pensaba.

¿Qué pasa cuando Daniel comienza su terapia?

Una vez él empezó su terapia llevaba una vida relativamente normal, iba a la universidad todos los días y tomaba su medicina, pero esta tiene efectos secundarios graves, por ejemplo aletargamiento, distanciamiento del mundo, falta de creatividad, de pronto incidencias en la sexualidad. Los enfermos lo que hacen es que apenas se sienten muy bien, dejan de tomar la droga para volver a ser ellos, para volver a ser los que se conocían que eran. Hay una cosa que a mí me impresiona y que quisiera subrayar, y es que en este país los psiquiatras no trabajan con la familia.

Eso lo revela en el libro.

Solo trabajan con el enfermo. Y todos los libros hoy en día hablan de trabajar con la familia, para saber cómo acoger a ese enfermo. Después de la muerte de Daniel empecé a descubrir esos libros y a ver las miles de cosas que habríamos podido hacer para que su vida fuera mejor.

¿En eso fallaron los psiquiatras?

Sí, en tenernos muy tangencialmente, ni siquiera darnos bibliografía ni nada. Porque el médico tiene todo el derecho a decir que sólo trata con el enfermo, porque el enfermo tiene paranoia y puede creer que hay una conjura, pero tendría que haber unas instituciones, tendría que haber unas instancias como en otros países, unas ayudas donde uno vaya y reciba unas conferencias y tenga derecho a hacer un montón de preguntas. Eso es lo que en esta sociedad no hay.

¿Cómo se busca un buen psiquiatra?

No hay manera de saber cómo se busca un buen psiquiatra, pero hay buenos. Nosotros cometimos muchas equivocaciones. Luego encontramos un muy buen psiquiatra, y ese psiquiatra lo trata tan bien, que yo creo que su vida habría sido buena muchos años más, pero como él decide irse a los Estados Unidos, a hacer su maestría, imagínate lo que es para una mamá saber que un hijo pasó en cuatro universidades norteamericanas e hizo todos sus exámenes, ¿cómo le dice uno de mamá a un niño "no te vayas"? Consigue su préstamo en Colfuturo, hace todo lo que hace una persona normal para irse, ¿cómo  lo trancas? Se va, y allá empiezan las equivocaciones médicas otra vez.

¿Cuáles fueron esas equivocaciones?

Las personas que tienen esquizofrenia lo primero que no pueden tener es estrés, y él entra a la Universidad de Columbia, donde el estrés es supremo, y el médico allá le da una dosis muy alta que le produce somnolencia, lentitud en el pensamiento. Entonces eso va en contravía de lo que le están exigiendo, y termina por no tomarse la droga para poder hacer los exámenes. Era una situación sin salida.

En el libro habla de que existe una predisposición a la enfermedad.

Uno nunca sabe si hay una predisposición a la enfermedad, lo que me han dicho es que puede haber muchas personas en una familia que tienen una predisposición y de pronto hay un gen que muta, y ese que muta muestra que había una predisposición. Pero parece que casi siempre en la esquizofrenia hay un detonante.

¿Usted cree que la medicina que Daniel tomaba contra el acné influyó en su suicicido?

Creo que fue el detonante porque las dos cosas sucedieron al tiempo. Él empieza a tomarse esa medicina y entra en una depresión, y después de la depresión aparece el episodio psicótico. Entonces, ¿cómo voy a dejar de vincular las dos cosas? Cuando me pongo a hacer una investigación unos años después, yo veo que esa medicina puede producir depresión, episodios psicóticos y suicidio. Dice esas tres palabras. Nadie me advirtió eso.

Hay una parte del libro que no imaginaba encontrármela y es después del suicidio, cuando acepta donar los órganos de su hijo. 

Fueron mis hijas las que me argumentaron, porque mi primera reacción fue no. ¿Cómo voy a hacer eso con mi hijo? Y mis hijas, que tienen una enorme conciencia de derechos humanos, me argumentaron inmediatamente que eso puede hacer vivir a otros. A mí esa frase me pareció importante en ese momento.

¿Lo de donar los órganos de su hijo es traerlo de nuevo a la vida?

Es integrarlo a la vida. La asociación a la que donamos sus ojos me dio dos botones de oro muy hermosos con una carta de agradecimiento. Como expresando: "esos ojos están en otro lugar". Me pasó una cosa muy delicada y bonita, cuando yo acepté dar los tres primeros órganos, me dije: "ya digo sí a todo lo demás". ¿Qué sentido tiene reservar un órgano?

"No voy a pronunciarlo, piensa el médico, para no rotularlo. No voy a pronunciarlo, piensa el enfermo, para no quedar solo. No voy a pronunciarlo, piensan los padres, porque no puede ser, no puede ser...".

Por eso elegí el epígrafe de Paul Auster: siempre piensas que le va a pasar a otros, pero cuando te pasa a ti… eso es lo peor. ¿Qué puede ser más fuerte que te digan que tu hijo tiene una enfermedad mental? Que tú lo empieces a ver raro y vayas donde el médico y te digan: "es que Daniel tiene una esquizofrenia". ¿Como padre qué piensas? ¿Qué sientes?

¿Cambió en algo su lista de cosas importantes en esta vida?

No, porque la enfermedad de Daniel me hizo saber que el amor y la dedicación a un hijo es lo más importante. Muchas veces dejé de viajar por estar con él, si no podía escribir porque él necesitaba que yo estuviera ahí, yo dejé de escribir. Durante mucho tiempo él me cambió la lista de prioridades. Él y su dolor. Entonces cuando se murió yo ya tenía eso muy establecido, quizá pueda pensar ahora que, de pronto, hay que dedicarle más tiempo a la gente que uno más quiere.

¿En el libro hay una mujer firme todo el tiempo?

Digamos que la gran sorpresa fue conmigo misma, como: ¡ay Piedad!, ¡soportaste, no te hundiste! ¡Pudiste con esto!

El libro arranca por el final, llegando al edificio en Nueva York a recoger las cosas  de su hijo. ¿Cómo describe esa sensación?

Una gran sensación de incredulidad. Yo estoy aquí, en esta habitación vacía, recogiendo los objetos de mi hijo muerto, eso es algo que en la cabeza de la mamá pasa muy pocas veces.

¿Hay algo de lo que recogió de él que la sorprendió?

De lo que recogí encontré un dibujo de cuando él tenía cinco años. Aparece un niñito pintando al frente de un caballete, y dice: "yo quiero ser pintor, cuando grande quiero ser pintor y que mis cuadros estén en todas las casas y que yo sea famoso". Eso me sorprendió, porque yo no tenía claro que la vocación de él fuera tan temprana.

¿Quién no ha estado triste o deprimido? ¿Usted ha tenido depresiones? ¿Ha tenido sus tormentas?

¿Independientemente de lo de Daniel? Sí, como todo el mundo. Entre los 14 años y los 30 años fui una persona muy atormentada. Atormentada porque no había conseguido lo que quería, porque yo creo que tengo una hipersensibilidad, pero me fui fortaleciendo con el tiempo. Yo diría que los últimos 30 años he sido una persona que tiende más a la vida que a la muerte.

La gente siempre se pregunta si detrás de un suicidio hay una culpa o algo de herencia. ¿En su caso hay una historia familiar de suicidios o enfermedades mentales?

No hay una historia familiar evidente de enfermedad mental, pero intuyo (ya lo había puesto en mi poesía) hipersensibilidades muy grandes que, probablemente, crearon vidas atormentadas en el pasado. Apenas Daniel se enfermó, yo me empecé a preocupar por mi herencia. Y precisamente por esos años míos, sobre todo de angustia, deduzco que debía haber en mi ascendencia mujeres atormentadas, pero no tengo certidumbre.

¿Qué hay detrás de la idea de no ocultar nada de las circunstancias del suicidio de su hijo?

Es que cuando se oculta el suicidio se parte del prejuicio religioso, que viene del catolicismo, de que quitarse la vida es ir contra la voluntad divina y, por tanto, es un pecado. También hay otra idea que es avergonzarse de que alguien haya hecho eso. A mí eso ni se me pasa por la cabeza.

Eso es un acto valiente.

Mi acto no es inocente, mi escrito no es inocente, no es una mamá desbordando un montón de sentimientos, no, esto es una cosa que yo le digo a la sociedad. Yo le digo: existe el suicidio, existe la enfermedad mental, existen unos duelos atroces.

Dice en el libro que sus hijas escribieron en el Facebook que Daniel "se quitó la vida voluntariamente". ¿Hay en eso un acto de rebeldía?

Ellas mismas se fueron formando en unas ideas de lo que se dice o no se debe decir y dentro de eso está el suicidio. Y bueno, fue más duro decirlo. Cuando ya lo dije, "Daniel hizo eso porque tenía una enfermedad mental", las cien personas que estaban ahí y que no lo sabían, incluidos sus primos,  quedaron impresionados. Pero claro, yo era fiel con él en vida, porque él no quería que eso se supiera, porque no le iban a dar un trabajo, o porque sus amigos lo iban a rechazar, iban a tener miedo. Pero ya muerto, es muy importante decir que esa es una causa muy poderosa de suicidio.

Después de su duelo confesó que le asombraba constatar que muchos de los intelectuales se abochornan ante la muerte que no saben abrazar.

No es el sentimiento, es la manifestación del sentimiento que está muy inhibida en el intelectual. Es como una exacerbación de la razón que le teme al ridículo de la manifestación sentimental. Entonces, por eso yo pongo el ejemplo del maestro de obra de toda la vida en esta casa, que conocía a Daniel desde niño y que me dijo unas palabras hermosas, mientras que, por el contrario, yo constaté en los días siguientes a la muerte de Daniel, esa frialdad de algunos seres a mi alrededor que no han desarrollado esa parte del afecto.

"¿Qué me faltó hacer? "¿Siempre queda esa pregunta?

Siempre queda. Yo tengo un 99% de certeza que hice todo lo que tenía que hacer, y no sólo yo, sino todos en esta casa. Nosotros le dimos un apoyo gigante. Yo habría podido coger un avión, porque vi que había una cosa que venía dura, pero como esto son situaciones que tardan años, pues yo nunca pensé que tendría que salir corriendo en un avión.

¿Las vísperas del suicidio tuvo ese impulso de ir a donde Daniel?

Dos semanas antes yo vi que él estaba deprimido. Yo podría, tal vez, haber cogido un avión, pero eso es una conjetura como cualquier otra, porque él era un adulto, una persona que estaba enfrentando su situación. Digamos que, en términos generales, yo digo que no tengo ninguna culpa.

¿Escribir este libro resuelve su dolor?

No lo resuelvo, porque el dolor estará siempre ahí. Lo mitigo mucho, lo sublimo, creo que esa es la expresión. Lo sublimo. Lo convierto en arte, es una catarsis también, para usar el término griego, es una liberación. En ese sentido ha sido muy curador escribir este libro.

¿Cuánto duró escribiéndolo?

Duré como ocho meses, y reescribiéndolo como unos quince meses.

¿Qué fue lo más duro de escribirlo desde su posición de mamá?

Revivir ciertas escenas. ¡Fue dolorosísimo! Era volver a sentir, era volver a ponerme en la situación. Es duro, pero yo sé que él ya no está y que ahora yo soy la dueña de su historia y que eso le puede servir a otros.

¿Y lo más difícil como escritora?

Lo más difícil literariamente fue encontrar el tono. Pero yo tuve clarísimo desde el comienzo que iba a narrar hechos. No iba a adjetivarlos. Es tan suficientemente dramático todo lo que pasa que sobra cualquier  comentario al respecto, sólo pequeñas reflexiones muy apoyadas, siempre, en la literatura. Yo estoy haciendo la obra de una escritora, estoy haciendo una cosa responsable con mi oficio.

Muchas madres quisieran liberar su duelo expresando su dolor, pero no son escritoras como usted, usted es la voz de algo que se silencia. ¿Con este libro cesa su participación en esto o usted cree que podría escribir algo más?

No, yo no podría escribir más en prosa, pero sí puedo escribir mucho más en poesía. Porque Daniel está tomando lugares diferentes en mí, es muy probable que aparezca en algunos poemas.

¿Qué otros títulos tenía pensados para este libro?

Pasé por muchos títulos. Yo los tengo por aquí apuntados, eso fue dificilísimo. Tenía uno que me gustaba mucho, que era: “Al fin silencio”. Pasé por muchos títulos; siempre me dan mucho trabajo, los iba apuntando. No sé ahora dónde están. Hay una frase de Kafka que creo que es: “Un corazón desollado”, pero era demasiado fuerte. Otro se llamaba: “Lo definitivo”. 

Daniel Segura Bonnett. Fotografía, Oscar Monsalve

Daniel Segura Bonnett. Fotografía, Oscar Monsalve

¿Con Daniel qué parte suya se fue?

Una parte muy importante. Hay un poema muy lindo de Rosario Castellanos sobre eso, una mamá es como un yo repartido. Entonces como yo tuve tres hijos, digamos que es una cuarta parte de mí que se va. Estoy yo, están mis dos hijas y estaba ese chico que era para mí el amor de mi vida. Yo quiero a mis hijas igual, pero este chico sufría, y cuando un hijo sufre, el amor se exacerba.

Cuando alguien lea este libro, ¿qué quiere que le quede en la cabeza? ¿El amor de una mamá, la crueldad de la enfermedad o la cercanía del suicidio? ¿Qué frase quiere sembrar?

Yo no quisiera que a la gente le quedara eso, yo quisiera que a la gente le quedara en la cabeza la fuerza de la lucha, la idea de la valentía. Cómo él luchó hasta que no pudo. Y también la idea de cómo las palabras combaten la muerte, que la gente piense que las palabras todavía pueden ser un gesto de vida. 

¿Este libro es más de Daniel que de los lectores?

Acuérdate de que Daniel ya no es. No, este libro es de los lectores. Yo le estoy presentando a mi hijo a mucha gente que se va a dar cuenta del chico extraordinario que era. Es un homenaje a la memoria de alguien que ya no está. Porque él vive en la medida en que vive en la conciencia mía, pero ahora va a vivir en la conciencia de muchos. Es como multiplicar la vida de Daniel. Multiplicar su existencia.

***

Desde el primer momento en que leí su libro y pensé en visitarla, escribí esta pregunta en rojo: ¿Cómo se puede sobrevivir a una noticia de ese calibre: "¡Mamá, Daniel se mató!?" Y la escribí dos veces, al principio y al final de mi lista de preguntas. Como dándome tiempo de formularla. Como esperando una señal de sus ojos. Como esperando el momento o la valentía mía o de ella. Ahí estaba resaltada, igual de reteñida como ella la menciona en su relato. Pero al final, no hizo falta formularla porque aunque ella lo niegue, Daniel todavía la lleva de la mano.