Conversación entre Piedad Bonnett y Consuelo Gaitán

Consuelo Gaitán: Teniendo una trayectoria tan sólida y reconocida en el mundo de la poesía, qué la impulsó a incursionar en la narrativa?

Piedad Bonnett: La manera de aproximarse al mundo de cada género es completamente distinta. Hay cosas que la poesía no alcanza a decir y viceversa. En los muchos años en que escribí sólo poesía fui acumulando historias que quería narrar, pero con miedo de fracasar al intentarlo. Un día, sin embargo, decidí lanzarme al agua, y la experiencia fue tan intensa e interesante, que novelar se me convirtió en una pasión y en un vicio. La gente tiende a pensar que un buen poeta no puede ser narrador, o un narrador no puede ser poeta. Pero en muchos casos, el de Borges, por ejemplo, esto se da con éxito. Creo que la literatura es riesgo y aventura de lenguaje. Por eso no es una profesión, sino una opción de vida.

CG: En esta novela, la protagonista-narradora exhibe sin pudor el proceso de su crecimiento que, de paso, pone al descubierto verdades terribles para un niño, como por ejemplo que el padre es un hombre débil y cobarde, que una madre no siempre actúa desinteresadamente y que un niño debe labrarse su camino usando toda clase de artilugios para no desdibujarse en el camino. ¿Duele tanto crecer?

PB: Duele mucho. Pero la visión de la infancia, sobre todo desde que esta se reconoce como tal – hasta el siglo XIX los niños eran simplemente adultos en miniatura- se ha edulcorado, y se nos presenta como una etapa de pura inocencia, alegrías e irresponsabilidad. Se olvida que en ella hay miedo, culpa y también crueldad. Cualquiera que recuerde su infancia recobrará momentos, incluso muy tempranos, en que oyó o vio cosas perturbadoras. En la adolescencia, además, los padres se nos van revelando más allá de su condición mítica, y a veces esa percepción es dura y difícil de aceptar.

CG: Un aspecto esencial en la novela es el papel que juega la religión en la formación de esta adolescente vivaracha a quien la culpa, la idea del infierno, lo pecaminoso, el castigo, tendieron un manto permanente de desasosiego e infelicidad. Incluso hay una escena en la que se describe un innegable acto de pedofilia. ¿Qué hacer con el influjo de la iglesia?

PB: Por fortuna, la imagen impoluta de la iglesia se está resquebrajando gracias a las denuncias cada vez más numerosas sobre maltratos y abusos sexuales. La historia de la iglesia, una institución llena de poder, está llena de exabruptos. Por supuesto, hay excepciones: curitas que entregan su vida al servicio de los demás en regiones apartadas, y que viven el cristianismo tal y como se concibió en sus orígenes o como lo vivió Francisco de Asís. Yo sueño con un mundo laico, donde la educación no esté marcada por religión ninguna, sino por un sentido ético. Ya es hora de que la iglesia se modernice y determine que el celibato no tiene por qué ser una condición del sacerdocio, respete la homosexualidad y acepte que el aborto es una necesidad de muchas mujeres, víctimas del machismo, la desinformación o la pobreza.

CG: Aunque no es relevante desde el punto de vista literario, sentimos gran curiosidad por saber ¿qué tanto de autobiográfico hay en la novela?

PB: Mucho. Pero mis experiencias han sido pasadas por la criba de la imaginación, de modo que una proporción muy grande es pura fabula. Por un lado la memoria siempre es falible, y solemos rellenar sus huecos con inventos involuntarios. Por otro, toda narración saquea la memoria, pero hace un poco de espejo cóncavo, deformándola. Uno de los propósitos de la novela es engañar a los lectores, incluso a mis amigos y a mis padres. No hay autobiografía que sea verdadera: nos inventamos siempre un rostro para los demás.

CG: (Imagino que puedo recoger algo de la respuesta anterior para hacer la siguiente)

CG: Una pregunta recurrente para cualquier escritora: ¿Usted cree que hay una literatura exclusivamente femenina?

PB: No, como no hay una literatura exclusivamente masculina. Pero sí hay realidades que las mujeres vemos desde ópticas distintas a las de los hombres. También hay que pensar que la masculinidad y la femineidad tienen grados: entre el macho-macho y la mujer- pétalo-de- rosa hay muchas formas de vivir el género. En eso influye mucho la cultura. Creo que los escritores comparten algo del alma femenina; y que las escritoras a veces deben ser capaces de mirar el mundo como un hombre.

CG: Vila-Matas dice que un escritor siempre debe hacer resistencia (a la injusticia, a la inmoralidad, al lenguaje, etc), Ud. cree que el escritor debería jugar un papel de orientador de la sociedad?

PB: Claro que sí. Un escritor es un intelectual, y como tal vive planteándose problemas de carácter ético y político. Sus obras entrañan siempre preguntas o diagnósticos sobre la sociedad en la que viven. Por eso sus puntos de vista deberían tener relevancia. Mis novelas, aunque muchos no lo crean así, son políticas en el sentido más amplio de la palabra. Y en ese sentido no parten de una aceptación del orden establecido. Aspiran a ser una forma de resistencia.

Entrevista Inédita, Bogotá, abril de 2010